El Fascismo que viene.

Un día mataron a 15 inmigrantes en una playa. Como yo no soy inmigrante, no dije nada.
Al día siguiente echaron a mi vecina de su casa por las deudas que tenía con el banco, pero como yo no tengo deudas con el banco, no dije nada.
Otro día una joven murió en la sala de espera de un hospital por no tener tarjeta sanitaria, pero como yo tengo tarjeta sanitaria, no dije nada.
Después encarcelaron a dos sindicalistas por protestar en una huelga, pero como yo no soy sindicalista, no dije nada….
 ¿Alguien sabe como acaba esta historia?

Si todos lo sabemos. Al final, el abuso, el fascismo, nos alcanza. De una manera u otra se abre paso a través de nuestro pequeño mundo, de nuestra pequeña rutina y empieza a destruir las cosas que amamos. Pero ya nadie puede ayudarnos. Ya hemos dejado que se traspasen todos los límites, que se destruyan todos los mecanismos que una democracia ofrece para protegernos. Los derechos ya no significan nada, la impunidad campa a sus anchas y nos encontramos en una jungla absurda en la que monstruos sin moral devoran nuestras vidas y se ríen de  valores como respeto, solidaridad, igualdad o justicia.


A veces cuesta reaccionar. Cuesta enfrentarse a la verdad y reconocer que las cosas están peor de lo que nos gusta aceptar. Que es verdad que nos mienten. Que nos engañan. Que nos manipulan. Es mucho más fácil no mirar en esa dirección y vivir en la alegre despreocupación de “todavía no han venido a por mí, y puede que no lo hagan”  Pero ¿es más práctico? ¿Es más sensato? ¿Es más inteligente?
Este es el momento de reaccionar. Este es el momento de manifestarse, de protestar, de pedir cambios, de trabajar por ellos. Este es el momento de apiñarnos alrededor de nuestros derechos sociales, de nuestros derechos humanos,  recuperar nuestra dignidad como personas, quizás no ricas, ni famosas, pero personas que tienen derecho a gobernar sobre sus vidas y juntos, comenzar a construir un nuevo país en el que podamos vivir sin miedo.