A veces nos ponen frente a los ojos verdades, que sabemos que no son ciertas, pero que nos engañan. Como en un truco de ilusionismo, la falacia esta totalmente maniatada en un tanque de agua en las pantallas de nuestro televisor, estamos seguros de que no podrá escapar, y, de repente, ya no esta. ¿Que ha pasado con esa mentira? En la mayoría de los casos se ha escondido en el paisaje. Sigue estando delante de nuestras narices, puede que sea incluso una de las bases de nuestra realidad. La vemos, pero simplemente no la percibimos.
Hay múltiples ejemplos de esas mentiras fugaces. “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” “El sistema se caería si los bancos fallaran” “Nuestra seguridad esta en grave peligro debido al terrorismo” “No hay nada que podamos hacer para mejorar las cosas” A mi me indigna especialmente una mentira que nos cuelan con ese truco demasiado a menudo. Dicen que solo se puede vivir de una manera.
Yo he elegido ser pobre. No tengo un trabajo de 8, 10, 12 o 14 horas que me hace ganar una pasta gansa al mes. Apenas gano 500. Trabajo menos horas, pero, en contrapartida, tengo tiempo.
Ese tiempo lo utilizo para hacer cosas que me dan más satisfacción que, por ejemplo, unas vacaciones en un hotel de lujo, un gran coche, ropa cara, una casa en el campo.... La posesión de esos bienes forma parte de una carrera en al que no quiero entrar. Me estresa, me obstruye, no me permite crecer como persona, no me hace feliz, no me interesa. Yo soy feliz leyendo, jugando video juegos, con el ajedrez, escribiendo, navegando en internet, hablando con amigos, paseando, estando con la gente que quiero...
Mi apuesta no es ahorrar para cuando sea vieja, o acumular un montón de cosas en una irreflenable carrera por poseer objetos, experiencias, fotos que solo se compran con dinero. Mi apuesta es el presente. Mi espacio vital es mi tiempo. Es una apuesta dura, que suele ser despreciada y te obliga a renunciar a muchas cosas, pero el futuro es incierto, la vida es increíblemente frágil, y yo no quiero hipotecarle mi “ahora” a un mañana que puede no llegar nunca. Yo soy feliz así ¿por qué tengo que hacer lo que tu me dices? Yo no te pediría que tu vivieras como yo lo hago. Se feliz a tu manera.
Hice esa apuesta en un marco muy concreto en el que aun se le permitía a la gente no sucumbir al consumismo sin perder por ello derechos básicos como el de la educación, la vivienda y la sanidad, y, por supuesto, no quiero perder ese marco. Quiero vivir en una sociedad que me proteja si pierdo mi empleo, y no en una que me tira a sus cloacas a pudrirme con otros seis millones de “perdedores” No aspiro a vivir eternamente, pero si me gustaría que en la medida de lo posible esa sociedad respetase mi derecho a la vida y a mi dignidad como persona, atendiéndome si mi integridad física fallara. Yo quiero vivir en una sociedad llena de voces, no en una monocorde que no deja espacio para nada más que el tintinear de las monedas.
Ser “pobre” fue mi elección en su momento y es ahora el destino al que sucesivos gobiernos han abocado a millones de mis conciudadanos. Mientras, el sistema nos repite machaconamente que el dinero, el consumir, el poseer; es la felicidad. La riqueza, esta en un pedestal, es el nuevo dios y en su nombre se pueden pisar seres humanos, se les puede marginar, robar, despojar de sus derechos, de su vida. Se pueden provocar guerras, derrocar gobiernos legítimos, se puede pisar la voluntad de los pueblos.
Yo digo que eso es una mentira más. Que el dinero no es nada. Que es solo un truco en el que nos hacen creer para robar nuestro tiempo. Y que los hombres grises han vuelto.