Así nos va...

Una vez, en la universidad, el profesor de administraciones públicas coló una pregunta, disfrazada de afirmación, comentando como era mejor, por ejemplo, que en los hospitales o en educación, no se dejara decidir a los profesores o al personal sanitario a la hora de hacer los presupuestos, por qué éstos tendían a gastarlo en cosas estúpidas, como maquinas de café para los pasillos y no tenían ni idea de lo que realmente se necesitaba.
Para mí fue una provocación tan evidente, un intento tan claro de iniciar una discusión que me eche hacia atrás en mi asiento dispuesta a desconectar, completamente convencida de que mis compañeros comenzarían a rebatirle de inmediato. Que sorpresa. Cada “verdad?” , cada “Es lógico, o no?´ cada, “no os parece?” era recibido por un coro de mudos con algunos sordos asentimientos invitando a pasar palabra. Mire a mi alrededor incrédula ¿Cómo iba un funcionario de administraciones o un cargo político elegido cada cuatro años y en muchos casos con ninguna experiencia en sanidad, saber lo que se necesitaba en un hospital mejor que la gente que trabajaba en él? Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
Pensé que el resto de estudiantes, en su mayoría más jóvenes que yo (aunque no tanto, casi todos rozaban los 25), simplemente no se atrevían a hablar y que en el momento en el que alguien comenzara a oponerse, se iniciaría el debate y la razón se impondría, así que me lance al ruedo. El profesor, que era inglés, me siguió el juego de manera afable. Para mí era evidente que solo buscaba la provocación, sabía que lo que decía era surrealista. Posiblemente intentaba atacar alguna estúpida ley o decisión política que se había tomado recientemente. Yo explicaba cosas obvias como una niña pequeña y él manejaba perlas del estilo de: "si les dejas manejar el presupuesto, se lo gastarán todo en uniformes bonitos y fiestas de empresa"
Durante cerca de 15 minutos, en una de las experiencias más bizarras que he tenido en mi vida, el profesor llamaba idiotas y corruptos a la mayoría de los profesionales que trabajan para el gobierno español y mis compañeros de clase, la mayoría más jóvenes que yo, la mayoría aspirantes a funcionarios, le daban la razón con su silencio. Cuando hacía una de sus estrambóticas afirmaciones, yo miraba a mi alrededor, esperando que entre las unas 50 personas que había en el aula, alguien levantara una voz, se opusiera a esa humillación. Pero todos permanecieron sentados, quietos, sin moverse, con la vista clavada en el docente, o en la pizarra, no lo sé. 
Era como una novela de George Orwell, sólo que era la jodida realidad. No sé si por desidia o por miedo a suspender la asignatura, al profesor, a hablar en público o por miedo a que narices, pero nadie abrió la boca. Y espero que fuera por miedo, porque si realmente estaban de acuerdo con las estupideces que se estaban diciendo, entonces apaga y vámonos.
La universidad se ha convertido en un espacio de borregos, y a los ovejas que pasan por allí no les parece objetable que un carga político, que es elegido cada cuatro años, y que está deseando llenarse los bolsillo, sea el único que tome las decisiones sobre las partidas de gastos del hospital. Solo le preocupa el entrar a trabajar en el hospital, o en el instituto, o en la biblioteca; hacerse con un sueldo para toda la vida, y ponerse a gastar. 
Eso, que se llama ahora consumismo y es una versión edulcorada de la antigua codicia, está dentro de cada uno de nosotros y es el cáncer que está acabando con nuestra sociedad. Y esta, señores, es la España, la Euskadi, la Catalunya , el Al-Andalus, los Madriles, las Ceuta y Melilla, la isla Perejil y el Mundo que tenemos. No iniciar un debate inteligente sobre asuntos como este, no reflexionar sin el corsé de lo ya escrito, puede ser un suicidio para una sociedad que aspira a salvarse.

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