El Londres que camina. "Into the Wild"

Vuelvo a Londres, después de ocho años desde la última visita y 13 desde que me fui, y de la ciudad viva y excitante que recordaba no queda más que un bonito decorado algo dejado, por el que pululamos múltiples y confusos esa especie animal que no puede parar de correr hacia ninguna parte que somos.

Empezamos a correr desde muy jóvenes y muy a menudo cuanto más gente hay en el entorno en que vivimos, antes echamos a correr. En nuestra huida hacia delante buscamos incesantemente dos cosas: compañeros y metas.

Muchos corremos por miedo a la soledad, otros por ambición de dinero, poder, fama, sexo, saber. Otros porque no se nos ocurre que otra cosa hacer y optamos por lo que hace todo el mundo: correr.

Todo ese ajetreo de Londres paradójicamente me recuerda a Christopher McCandless, el protagonista de “Hacia Rutas Salvajes” una película de Sean Penn basada en la novela de Jon Krakauer (queda pendiente) inspirada en los diarios reales del joven.

McCandless es un aspirante a escritor recién licenciado de la universidad que emprenden de forma consciente y determinada una carrera de huida de todo, familia, amigos, sociedad… en busca de si mismo. 

Inspirado por uno de sus escritores favoritos, Jack London, Chris cambia su nombre por el de Alexander Supertramp y emprende un viaje sin prisa hacia Alaska en el que se va llenando de experiencias sobre la naturaleza humana, incluida la propia, en un intento de recrear las condiciones de vida del novelista. Al llegar a su destino decide vivir solo durante unos meses en una caravana en pleno invierno, en condiciones durísimas, hasta que muere envenenado por unas bayas que ingiere cuando se le acaba la comida.

Cabe preguntarse si McCandless era un idiota idealista o simplemente un hombre que siguiendo su camino llegó al final muy pronto. Intentó  recrear para si mismo una experiencia salvaje e independiente,  como la que vivió London, que le ayudara a crecer como persona, a soltar amarras con lo establecido y a mirar el mundo con nuevos ojos. Pero, al contrario que el escritor, la mala suerte hizo que su aventura se truncara al poco de empezar. Chris ha dejado  tras de si una carrera hermosa. Los demás seguimos corriendo.

Su figura en los últimos minutos de la película, delgada, y barbuda, con camisa de leñador y vaquero, me recuerda a los jóvenes de Londres. Los hipsters, los nuevos modernos que anegan la ciudad con sus gafas de pasta y pantalones estrechos.

En todas esas personas que presumen de pensamiento independiente y visten igual, no puedo ver más que un reflejo de la misma carrera de ratas de siempre, tan absurda como siempre y perpetuada por la estupidez de creer que “parecer” es “ser”.

No creo que ninguno de ellos, con sus escrupulosas rayas de lado y coronillas rasuradas y sus Converse, estén un milímetro más cerca de ninguna verdad de lo que lo esta un hombre que  cría a su familia o una mujer que ara su huerto. Toda su indumentaria no les hace mejores, ni más listos, ni siquiera independientes u originales. No les eleva ni un milímetro sobre el común de los mortales. La experiencia de vivir no es parecerte a tus ídolos ni imitar sus vidas. Es simplemente seguir tu camino y ser consecuente contigo mismo. Aprovechar tu tiempo, que realmente es lo único que tienes para ser feliz, sin miedo a desentonar. Pero ¿qué sé yo?

El tiempo es algo increíblemente rico de por si. Es lo único que cuenta. Es lo que verdaderamente nos hace movernos. No es el dinero, ni el éxito, ni el amor, en realidad es el tiempo el que nos da todo. El tiempo que se nos escurre entre los dedos.

Incluso estando en Londres, echo de menos mi rinconcito y mi tranquilidad. Mis mañanas dispersas, mis tardes lentas, mi silencio. Odio la carrera loca de la ciudad.


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